De Manos y de Palabra, un trabajo con "declaración de valores"

Andrea Argaña está orgullosa, luego de años de trabajo como técnica, del proyecto que ha mejorado los ingresos de mujeres argentinas a través de la revalorización de un sector: el de los textiles artesanales. En diálogo con Fidamercosur Claeh, contó por qué la experiencia ha sido exitosa y puede ser replicada.

Argaña trabaja en el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), una entidad gubernamental que tiene más de 50 años y que se dedica al desarrollo rural y la investigación agropecuaria.

—Vivo en General Lamadrid, que es el centro de la provincia de Buenos Aires, y hace unos 10 años el INTA vio que tenía que hacer programas especiales para la agricultura familiar.

Nosotros provenimos de una zona que fue tradicionalmente productora de ovinos desde la colonización a hoy, que fue poblada por inmigrantes desde hace unos 120 años. Las principales actividades eran la actividad ovina, luego la actividad bovina y luego algo de agricultura. Hoy es más ganadería vacuna y agricultura que ovinos. Los ovinos quedaron en una proporción marginal de la actividad.

Pretendimos reposicionar el ovino como una actividad para pequeños productores y atractiva, porque usa mucha mano de obra, mucha mano de obra familiar. Con esa idea hicimos talleres en las localidades rurales donde había la mayor cantidad de majaditas y los productores nos dijeron que veían muy interesante la actividad para generar mano de obra para sus mujeres y las mujeres de sus empleados.

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—¿Se trata entonces de reposicionar al ovino, a la oveja?

—Exacto, la producción de ovinos. Y ellos señalaron que hasta que no se resolviera el tema de comercialización de carne, que es un componente importante en las majadas de Argentina, esta zona no iba a ser interesante. Pero sí era interesante como una actividad artesanal para generar empleo para las mujeres del sector rural, las que viven en el campo y no tienen posibilidades de desarrollar otro tipo de actividad productiva ni social a veces.

Con ese panorama, el INTA no tenía nada para ofrecer. Nos pusimos en contacto con una unidad de extensión del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) que estaba trabajando en Córdoba, en un corredor turístico, con hilanderas y tejedoras de esa zona, que es de una cultura que tiene muy desarrollado lo que es textiles.

Nos invitaron a hacer una visita, a recorrer la cadena que ellos habían armado desde el productor primario a la hilandera y la tejedora y [hasta la venta, que tenía al turista como agente comprador. Entonces orientaron toda la producción a mejorar la calidad y atender más que nada al turista que venía de capital federal, que en general no es una zona donde haya mucha actividad. Entonces hubo que revertir algunos paradigmas que tenían las artesanas, como que eran unos buenos hilados o unos buenos tejidos haciendo foco en otro mercado, que era el mercado capitalino.

El INTI, a través del INTA, hizo la revisión de la experiencia y desarrolló varias herramientas que no estaban en el mercado, que tienden a mejorar el producto textil en el escalón artesanal. Había que traducir muchos parámetros que usa la industria a la metodología de trabajo artesanal. Entonces tenemos protocolos de gestión, protocolos de calidad, tipificación de los productos, tablas de costeo, tiempos de referencia para cada labor. Con todas esas herramientas empezamos a trabajar en [grupos], primero con ocho mujeres en el centro, que vivían en el sector rural pero que podían venir al pueblo a hacer las capacitaciones, y después fuimos haciendo la revisión en las localidades rurales, lugares donde viven 300, 500 personas.

—Primero ocho mujeres, ¿y después?

—Primero acá en Lamadrid y después empezamos a armar grupitos en localidades rurales de mucho menor población, grupitos de cinco, seis mujeres que se juntaban en estos grupos de artesanos que entre otras cosas manejan un banco de fibras que les financia las fibras que retiran para hilar y cancelan el retiro cuando venden el producto. A veces retiran en enero y venden en julio, y ese período lo financia un banquito que ellas mismas generaron a través de fondos.
Esa réplica o reedición que tuvo acá en Lamadrid luego fue tomada en otros distritos de la provincia de Buenos Aires como Madariaga y Maipú, y empezaron a trabajar allí otros grupos de artesanas. Desde La Madrid, yo me encargaba de la parte técnica, que era manejar los bancos y los protocolos, el sistema de trazabilidad y el protocolo y la aplicación de los reglamentos…

Parte del trabajo técnico en este caso es custodiar que usen bien los reglamentos, el sistema de tipificación de productos, que se apliquen bien las tablas de costeo, que se apliquen bien los tiempos, que el artesano cobre precios justos. Esas son las herramientas que generó el INTI en la provincia de Córdoba, y delegó en nosotros, en el INTA, la aplicación y la custodia.

Mis artesanas se encargaron de enseñarles a las artesanas de las otras ciudades cómo hacer hilados de calidad, cómo tipificar madejas, cómo lograr productos livianos. Y así se fue haciendo una reedición de lo que aprendimos de Córdoba, lo trajimos a la provincia de Buenos Aires y de la provincia de Buenos Aires salió de Lamadrid a otros distritos de la provincia.
Vimos que los técnicos podíamos usar esas herramientas y que las artesanas pudieron reeditar el uso de estas herramientas en el medio rural. Ellas tienen una rutina de trabajar en su casa, en la cocina de su casa, y reunirse periódicamente. Algunas se reúnen todas las semanas, un día a la semana que ya queda estipulado, otras se organizan para reunirse cada 15 días, dependiendo del estado de los caminos sobre todo, y llevan juntas todos los protocolos.

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—¿Qué es lo que hacen las artesanas?

—Las artesanas retiran las fibras de un banquito grupal que fue fundado por ellas mismas. Una de las innovaciones tecnológicas importantes es que se trabaja con lana lavada y peinada, lo cual produce un salto en calidad, hilan en sus casas, arman las madejas, tiñen, hacen hilos de fantasía o tradicionales, hay una diversidad de productos que no había en el mercado a partir de ese proyecto.

—¿Y después tejen? ¿Cuál es el producto final de ellas?

—Al principio todas hilan la madeja, y después unas se especializan en tejer, algunas hilan solamente, algunas hilan y tejen, algunas hilan y son agentes comerciales de sus propios productos, otras se encargan de ir a los eventos y de vender los productos del grupo. Cada una encuentra el tipo de producto que mejor le sale o que mejor vende, y como hay un tiempo de referencia para hacer cada trabajo, recibe un precio por hora de trabajo que lo pone la propia artesana en una asamblea.

—¿Ahora qué son? ¿Una red, una cooperativa? ¿A cuánta gente están llegando?

—Estamos llegando a aproximadamente 50 familias. Algunas produciendo la lana, otros esquilando, otros haciendo el acondicionamiento, otros tejiendo eventualmente para algún desfile, otros hilando activamente y el grupo de Maipú y Madariaga, otras casi 50 familias… En Maipú, Madariaga, General Lido, que es más en el norte de la provincia de Buenos Aires, hay unas 30 familias más que están relacionadas con este proyecto.

—¿Dijiste 50 en total?

—Son unas 50 en la zona entre Lamadrid. 50 familias, porque por ahí la mujer hila y el marido hace los ovillos o hace las madejas, o lleva y trae la fibra, o aporta fibras al banco de insumos estratégicos. Hay algunas que solo producen la lana y la ponen en el banco de insumos, hay otras que ponen la lana pero a su vez también retiran fibra e hilan. Hay distintas situaciones. Pero lo que me parece más importante de esta experiencia que ya tiene 11 años aquí en Lamadrid es que el sistema está tan pensado, tan previsto y es tan transparente que se puede reeditar “fácilmente” en otras condiciones de vida, de trabajo.

Porque se han ido sumando la experiencia y los saberes no solo de una zona tradicional de textiles como es la provincia de Córdoba, y la gente del INTI, que fue el que desarrolló no solo las ruecas mejoradas y los telares más productivos y más livianos, sino también esta intervención de no trabajar con las lanas sucias para hilar. Esto baja mucho el factor de picor de la prenda y la hace mucho más liviana.

Entonces el trabajo de las técnicas conocedoras del oficio como son las del INTI en la provincia de Buenos Aires, se pudo hacer con otro organismo gubernamental, que es el INTA, donde estamos trabajando todas las técnicas que estamos en este proyecto.

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—¿Cómo se llama el proyecto?

—A nivel nacional se conoce como la primera cadena de valor textil artesanal. Se llamó De Manos y de Palabra. Las manos haciendo alusión a la habilidad y a la destreza manual, al trabajo manual, y la palabra porque hay todo un andamiaje ético que sostiene las actividades y el desarrollo de la actividad económica. Está transversalizado por un componente ético, que es un compromiso y una declaración de valores de cada grupo.

Creemos que eso es lo que ha hecho que se mantenga en el tiempo y se vaya acrecentando y enriqueciendo y se vayan generando nuevas posibilidades, porque hay un trabajo en red en el que se comparte todo lo que se aprende y se comparten también los fracasos para que sirvan de aprendizaje para otras compañeras o para otros técnicos. Y tratamos de sostenernos entre nosotros. Y están estas dos instituciones, el INTA y el INTI, que llevan adelante la logística del proyecto.

—¿Cuándo empezó el proyecto? ¿En qué año?

—El primero, De Manos y de Palabra, empezó en Córdoba en el año 2001, cuando hubo una crisis muy profunda en Argentina, y sobre todo en esa zona que vivía del turismo se resintió mucho la economía doméstica. Toda la gente que trabajaba relacionada con el turismo dejó de tener trabajo. Entonces ahí comenzó la Unidad de Extensión del INTI a buscar cómo mejorar algunos de los productos que se hacían y que dieron un salto cualitativo al no vender cantidad sino calidad. Y acá en Lamadrid, ellas vinieron en 2005 a presentar la experiencia y empezamos en enero de 2006.

—Ellos ¿quiénes son?

—Los técnicos del INTI vinieron a presentar la experiencia. Después fuimos nosotras a visitarlos a ellos con las artesanas, y ahí de artesana a artesana se fue haciendo esa mixtura de ansiedad por aprender y valorización de lo que se había aprendido.

—Legalmente no son una cooperativa...

—No, es una red privada que se maneja con protocolos de calidad de gestión y pactos, pactos de palabra y pactos de precios. Pactos de precios. En la asamblea se pacta, la asamblea es anual y se cierran los balances de la deuda de cada artesana, de la deuda de cada grupo o de los saldos que tienen en el banco, en el banquito de fondos rotatorios de las artesanas. Y en esa asamblea se determina cuánto van a cobrar la hora de trabajo. Después esa hora de trabajo se refiere a unas tablas en las que está tabulado cuántas horas de trabajo se requieren para hacer determinado producto por el promedio de las artesanas. Siempre hay una que es más rápida y otra que es lenta, pero hay un tiempo de referencia del trabajo artesanal que me parece que es un logro colectivo muy fuerte, porque en general los artesanos, los artistas no saben poner precio a su trabajo. Están más concentrados en la producción, en producir novedades, que en valorizar lo que terminaron de hacer. Eso es un aprendizaje colectivo. Y esa me parece que es una de las principales fortalezas que tiene el proyecto. Entonces cada una puede educarse haciendo lo que más le gusta, lo que mejor le sale, lo que mejor vende, y sabe que tiene un precio justo por lo que está haciendo. Creo que el hecho de tener el tema de costear los productos claro y compartido colectivamente es lo que le da transparencia al sistema.

—Al no ser una cooperativa, ¿cómo se generan las obligaciones de asamblea y demás?

—Claro, en la red Córdoba hace sus reuniones, sus asambleas y su parte organizacional y nosotros tenemos en Lamadrid el nuestro, tenemos el banco nuestro y hemos financiado a los otros grupos. El tema de las deudas y el compromiso de cancelación de deuda se van tomando sobre la marcha, y como hay un contacto directo y continuo, eso es lo que genera el equilibrio en los flujos de fondos.

—Cuando van a eventos, ¿qué llevan para mostrar o para vender?

—Cuando vamos a eventos locales siempre vamos con la rueca, porque es lo que pone en valor el trabajo de la artesana. La gente cuando las ve trabajar puede decir “yo no puedo pagar ese precio, no puedo pagar tantas horas de trabajo”, pero nunca dice “qué caro”, porque ve el trabajo y la destreza que hay que tener para hacerlo. Cuando vamos a eventos en la capital, en Buenos Aires, que generalmente nos paga el INTA o nos paga el Ministerio de Agroindustria y con el proyecto pagamos los gastos, llevamos madejas de colores sólidos, del color de la oveja, que pueden ser blancas, chocolate, grises; madejas teñidas, que pueden ser de hilado tradicional o hilado fantasía, y llevamos prendas también. Las madejas son lo que más se vende, lo más fácil de vender. También estamos trabajando con algunos talleres de tejido en otras zonas del país. Por ejemplo en Bariloche, que es una zona turística internacional, hay muchos artesanos que venden muy bien, que sabían tejer ruanas, ponchos en telares, pero que no contaban con el producto de calidad que nosotros les podemos proveer. Esos contactos son muy importantes y nos permiten trabajar en verano, vender en verano, cuando no podemos vender en nuestra oficina porque no compra nadie en verano.

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—¿Por qué le parece importante presentar esta experiencia?

—Para nosotras como técnicas —somos casi todas ingenieras agrónomas y hay una trabajadora social incorporada últimamente— trabajar con la colectividad de nuestra comunidad es un aprendizaje constante que nos hace esperanzar porque esta modalidad de ponernos de acuerdo en tantas cosas para producir y comercializar no es una experiencia muy frecuente en la agricultura familiar de nuestra zona. Cuando las decisiones las toman los hombres es más difícil trabajar con acuerdos. Pensamos internamente que la mujer que se asocia a este proyecto tiene una potencialidad interna sin desarrollar y que encontró un camino que puede transitar viviendo en su casa, cuidando a su familia y que la hace crecer de forma personal. Creemos que la falta de oportunidades para las mujeres en el campo es lo que hace que ellas se hayan alineado con el proyecto, que lo defiendan y que le pongan la garra, el corazón y el alma. Eso nos alienta a pensar que esta misma metodología se podría aplicar en otros lugares y con otros productos.

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