“Es muy importante fortalecer a las organizaciones en la capacidad de negociar contratos”

“Los pequeños productores han recibido no solamente los precios, sino todos los términos de comercialización. (…) Ahora que están más organizados, que tienen más poder de negociación, todavía no están utilizando ese poder, siguen recibiendo todas las condiciones”, reflexionó Claus Reiner, gerente de Operaciones de FIDA, en su reciente visita a Montevideo.

En entrevista con Fidamercosur Claeh, Reiner informó cómo se trabaja en Argentina, Paraguay y Uruguay, delineó los proyectos en marcha y destacó experiencias puntuales, como los reglamentos de uso de los bienes comunitarios que promueve UCAR en Argentina.

 

—Las perspectivas de los programas de FIDA para Paraguay, Argentina y Uruguay, ¿cuáles son? ¿Cómo se despliegan y cómo se avanza en estos países en el sentido de llegar a los beneficiarios directos?

—En el Cono Sur en general creo que los avances son bastante buenos. Tenemos una cartera que está en crecimiento. Cuando comencé, hace cuatro años, había tres programas en Argentina —de los cuales el Prodearpa (Proyecto de Desarrollo Rural para la Patagonia) estaba cerrando en ese momento y el Prodear (Programa para el Desarrollo de Áreas Rurales) cerró unos dos años después—, en Paraguay había un programa nuevo que estaba arrancando en ese momento y en Uruguay no había proyecto. Tanto en Uruguay como en Paraguay había proyectos cerrados que eran muy buenos ejemplos de desarrollo rural, proyectos muy participativos, que ponían un enfoque muy fuerte en el fortalecimiento de las capacidades institucionales de las organizaciones.

Este último es un punto en el que nosotros creemos mucho, porque básicamente para que los pequeños productores sobrevivan en una economía que no está hecha para pequeños productores, que básicamente está dominada por grandes productores y por una economía de escala, ellos tienen que unirse en asociaciones, grupos, cooperativas y otras formas asociativas. Ese asociativismo es para nosotros la clave para que puedan continuar trabajando en esta forma familiar y ser competitivos. Hay que crear, fortalecer y también crear el ambiente para estas instituciones de los productores. Y esto se ha hecho muy bien en estos dos proyectos, el Proyecto Uruguay Rural (PUR) y el proyecto Paraguay Rural (PPR). Son dos proyectos hermanos que trabajaban de la misma forma al mismo tiempo y los dos de muy buena manera.

Con esa historia muy positiva hemos tenido un crecimiento de las carteras en los tres países, hemos diseñado dos proyectos en Argentina, uno en Uruguay y otro en Paraguay.

En Argentina es el Procanor (Programa de Inserción Económica de los Productos Familiares del Norte), que se firmó hace una semana. Es un proyecto de productos andinos, específicamente productos como quinoa, chía, habas andinas, llamas —tanto carne como fibra— y también hortalizas para las provincias participantes donde los productos andinos no existen. Este proyecto se firmó ahora y esperamos comenzar arrancar pronto.

—¿Qué va a implicar el proyecto? ¿Cómo se trabajará a través de Procanor?

—Se va a trabajar solamente en seis o siete provincias, siempre con organizaciones de productores, pero también creando foros de intercambio en los que se van a fortalecer las cadenas de valor que se van a trabajar, y también algunas actividades centrales, reconociendo que no todos los cuellos de botella del desarrollo rural se pueden enfrentar con el desarrollo organizacional. Hay algunas problemáticas que están más allá de las organizaciones. Por ejemplo, en la cadena de valor de la quinoa en Argentina no hay un sistema de semillas. Normalmente vienen contrabandeadas de Bolivia y no hay control.
No hay conocimiento de qué tipo de semillas son, si son realmente adaptadas para el ambiente donde se van a sembrar. Entonces el sistema no es muy confiable y eficiente. No es culpa de los productores, porque ellos no pueden ir a la tienda y comprar buenas semillas certificadas. Falta un sistema de multiplicación, certificación y venta de semillas, es algo que el Estado debería organizar y es una actividad que está incluida en el proyecto.

El segundo programa en Argentina, el Prodeca (Programa de Desarrollo Caprino), es un programa de cadenas de valor caprinas que va a trabajar tanto con la carne como con la fibra y la leche de cabra. El proyecto va a trabajar en cinco provincias, tres provincias del norte y dos del centrosur. La estructura de este proyecto es similar a la del Procanor, tiene muchas actividades que trabajan a través de organizaciones de productores, hay también la organización de plataformas de intercambio, que en este caso son las mesas caprinas, que se van a poner en función como un intercambio entre empresas privadas o públicas, la administración pública y las organizaciones de pequeños productores. Ahí es importante que estos actores involucrados definan cómo se va a trabajar, qué se va a hacer en planes de negocios y se pongan de acuerdo en cómo se va a organizar la comercialización.

—¿Y en Uruguay?

—En Uruguay tenemos la buena experiencia del PUR. Sobre esa base hemos diseñado un proyecto para testear diferentes innovaciones e ir algunos pasos más adelante de los logros del PUR. Estos pasos adicionales incluyen innovaciones en el ámbito financiero, en el ámbito de desarrollo de organizaciones, en el funcionamiento de las mesas de desarrollo rural y también en la comercialización. Todo eso es bastante específico para el contexto uruguayo, para un proyecto pequeño que trabaja en una zona bien definida del país, que atraviesa diferentes zonas agroecológicas para testear estas innovaciones en ambientes que son tan diferentes para, una vez testeadas, poder escalarlas en el resto del país. Este es el concepto del proyecto, que creo que sigue siendo válido. Pero infelizmente la evolución es bastante lenta, el proyecto no ha recibido el presupuesto que estaba previsto ni la autorización para contratar algunos técnicos de campo, por eso no ha avanzado al ritmo que era previsto.

—¿Qué pasa en Paraguay?

—En Paraguay tenemos el proyecto Paraguay Inclusivo, que en su día fue diseñado como un proyecto muy innovador porque se avanzó mucho en la alianza entre organizaciones de productores y empresas privadas, básicamente empresas del agronegocio, empresas que hacen la transformación o solamente la comercialización de productos de la agricultura familiar. Pueden ser diferentes grupos, por ejemplo leche, sésamo, mandioca, hay varios. La innovación en ese proyecto es que se intenta trabajar con efectos de escala, las organizaciones pequeñas de la agricultura familiar deberían juntarse para tener un número más grande de agricultores, ser más interesantes para la industria como aliados y en esta función poder negociar buenos contratos en los que la industria provea algunos servicios básicos, como formación, buen ambiente de compra; no solamente el precio, también arreglos como los tiempos, el acceso a las fábricas, etcétera.

—¿Está previsto que las empresas den formación?

—Sí, a las organizaciones de productores. Porque las empresas tienen interés en cierta calidad y cierto tipo de productos. Son ellas que saben exactamente qué quieren y son las mejores para otorgar esta formación.
—¿Ha habido experiencias de este tipo de formación?

—Sí. En ese sentido era un proyecto bastante innovador, porque no había experiencia de ese tipo en la región —que yo conozca—, se ha comenzado a trabajar y funciona bastante bien. Depende del rubro, en algunos rubros la industria está más preparada para aportar ese tipo de desarrollo a esos proyectos, en otros menos. En la leche, por ejemplo, hay lecherías que han comprado plantas de leche para las organizaciones, han aportado las inversiones, no solamente la formación. Esto es un compromiso muy fuerte, porque ellos quieren comprar esa leche. Hay otras empresas que comercializan sésamo, por ejemplo, le venden a Japón. Ellos no procesan mucho, solamente una cuestión de limpieza, y para ellos hay mucha competencia, entonces ahí es más complicado.

 

«Con fondos disponibles limitados uno puede o trabajar con un cierto número de familias entregando bienes por valor de 2.000, 3.000 dólares por familia, o uno puede llegar a tres veces el número de familias si limita los bienes entregados y se concentra mucho más en la formación y en la parte blanda del desarrollo, que es donde más vemos las necesidades. Claro que también hacen falta inversiones en bienes duros, (...) pero sin las estructuras y sin una buena formación técnica y organizativa, no se va a utilizar bien esa inversión en los activos».


Creo que hay que adaptar estos conceptos a diferentes contextos de desarrollo en estos grandes rubros, y hay posibilidades de alguna forma de involucramiento de la industria en ese tipo de desarrollo en todos esos grupos. También es muy importante fortalecer a las organizaciones en la capacidad de negociar contratos, porque ahí tenemos una debilidad.

Siempre ha sido así, los pequeños productores han recibido no solamente los precios, sino todos los términos de comercialización, que también son los tiempos de entrega, la forma de entrega, la demora entre la recepción del producto y el pago, la forma de pago, todo eso siempre lo ha definido la industria. Y ahora que los productores están más organizados, que tienen más poder de negociación, todavía no están utilizando ese poder, siguen recibiendo todas las condiciones. Eso debería volverse una relación un poco más equilibrada, pero se necesita formación. Estamos fortaleciendo el proyecto en ese sentido.

—Hablaste de un “aumento de la cartera”. ¿Eso es también aumento de llegada en cuanto a beneficiarios directos? ¿En todos los programas se llega al beneficiario directo?

—Se llega, sí. Es siempre una cuestión de números y una dificultad que tenemos en todos los proyectos en la región es que las intervenciones son bastante caras, no hay intervenciones que intenten hacer buenas economías para aumentar el alcance. Porque con fondos disponibles limitados uno puede o trabajar con un cierto número de familias entregando bienes por valor de 2.000, 3.000 dólares por familia, o uno puede llegar a tres veces el número de familias si limita los bienes entregados y se concentra mucho más en la formación y en la parte blanda del desarrollo, que es donde más vemos las necesidades. Claro que también hacen falta inversiones en bienes duros, en activos de la producción, tractores, sistemas de riego, maquinarias en general, galpones para acopiar productos, todo eso es una necesidad absoluta. Pero sin las estructuras y sin una buena formación técnica y organizativa, no se va a utilizar bien esa inversión en los activos. Entonces deberíamos poner mucho más el enfoque en el desarrollo blando, y con eso se va a volver más económico el desarrollo y podremos aumentar el alcance. Porque la necesidad del alcance es enorme, tenemos un número muy grande de familias de la agricultura familiar en la región.

—Lo que tiene capacidad de multiplicarse es la formación…

—No es lo único, no estoy diciendo que solamente deberíamos hacer formación, pero entregar un tractor sin dar la formación de cómo organizar la gestión de ese tractor para un grupo de productores… Los proyectos normalmente no tienen una vida larga para asegurar que después de cinco años el tractor todavía trabaja. Siempre se debería crear la estructura para que después de 15 años ese tractor siga trabajando. Para eso hay cuestiones que son muy prácticas que necesitan soluciones, y las organizaciones necesitan ser fortalecidas para poder organizar eso. Si no, solamente van a pelear y ese tractor va a ser más un problema que una solución.

—Sobre Uruguay, ¿cómo evalúas los avances que ha habido?

—Creo que una fortaleza muy buena del avance del Proyecto de Innovaciones Rurales (PTIR) en Uruguay es la colaboración con otros organismos. Porque la DGDR no está ejecutando un proyecto en aislamiento, la DGDR intercambia mucho con el Mides, con Mevir, con el INC, y tiene también en su programa, en su identidad, el trabajo a través de las mesas de desarrollo rural. Esto lo veo como una fortaleza muy grande, que básicamente todos los programas de gobierno se inserten en una lógica de intervención del Estado en que las diferentes instituciones, los ministerios y otros organismos, trabajan de la mano en producir un resultado que al final puede ser sostenible. Esto es algo que me impresiona mucho.
Al mismo tiempo, esta forma de consulta intensiva que se ve en las mesas de desarrollo rural necesita su tiempo, hay que dar ese tiempo al desarrollo para que la gente se ponga de acuerdo, para que pueda considerar las diferentes opciones de desarrollo y después comunicar sus decisiones al gobierno, para decir “queremos ser apoyados en esto”. De esa forma, el desarrollo se puede volver sostenible y realmente empujado desde abajo. Porque no creo que desde arriba, desde la parte de los organismos del Estado, se pueda empujar una forma de desarrollo en que los oficiales del gobierno conocen exactamente cuáles son las necesidades y las oportunidades que se abren para los pequeños productores. Es un proceso largo, pero al final creo que va a llegar su momento.

—¿En este momento hay planes de alguna actividad con estas mesas?
—Sí, básicamente el PTIR trabaja plenamente a través de las mesas. Las mesas no han discontinuado su trabajo. Es el proyecto actual de Uruguay, el proyecto que el FIDA está financiando actualmente aquí, el único que tenemos aquí. Este proyecto tiene esa metodología que creo que es muy buena, porque hace colaborar a las diferentes organizaciones del gobierno, pero al mismo tiempo tiene esa desventaja de que el trabajo de ejecución del proyecto por la DGDR se ve muy frenado por la disposición del presupuesto del Estado, que no es como estaba previsto. Era un proyecto de cuatro años, y el gobierno ha previsto ejecutarlo en seis años, pero en FIDA no se ve con mucha posibilidad una extensión de proyectos, entonces eso lo hace una situación difícil.

—¿Hay algo que te parezca destacable sobre alguno de estos países o sobre algún proyecto en particular?

—Un trabajo que se hace actualmente en Argentina, que veo como muy ejemplar para la región, es el desarrollo de algunos modelos de reglamento de uso para bienes que se reciben de los proyectos, bienes de uso comunitario y también fondos especiales que se usan para financiar los insumos de algunas actividades grupales y también para los fondos rotatorios, que son fondos para capital o para activo del cual se hacen créditos a los socios. Estas organizaciones necesitan ser capacitadas en el manejo de este tipo de herramientas, que son siempre herramientas a nivel grupal, y en qué hacer en caso de conflicto. Es un trabajo muy importante.
—¿Esto dónde es?

—Eso se hace actualmente en Argentina, a través de UCAR (Unidad para el Cambio Rural), para todas las provincias donde participan los proyectos que financia el FIDA. Tiene una validez bastante general, y creo que sería muy importante e interesante tener un intercambio sobre ese tipo de modelos, esos arreglos institucionales entre los tres países.

—¿Estos modelos ya están desarrollados o se están creando?

—Están en desarrollo, algunos más que otros.

—Serían protocolos de uso.

—Sí, reglamentos de uso. Son modelos para que cada organización considere qué quiere adoptar para sus propios reglamentos.

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